| Las Cinco Palabras. La Provincia |
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![]() Breve reseña biográfica y de la labor desarrollada por Chana Perera, directora del Colegio Público de Mala (Haría, Lanzarote) y presidenta de la Asociación Milana. Medalla Viera y Clavijo al Mérito Docente del Gobierno de Canarias en 2003 y ejemplo de lo que en “La Escuela Rural Emprende” llamamos Emprendedora Social. LAS CINCO PALABRAS Por Gregorio Cabrera, redactor de La Provincia Chana Perera puso en marcha un proyecto escolar que se ha convertido en una esperanza para el agonizante sector de la cochinilla en Lanzarote “No me puedo quedar aquí. Tengo que hacer algo más”. Estas dos frases han acompañado a Chana Perera durante toda su vida. Lo hicieron en su infancia y siguen siendo fieles escuderas hoy en día, a sus 68 resplandecientes años. Un huracán cuando se propone algún reto, su espíritu ‘desinquieto’ ha convertido a la directora del colegio de Mala (Haría, Lanzarote) en faro tanto para la comunidad educativa insular como para el pueblo donde ejerce y vive. Este papel no es producto de la casualidad, porque largo ha sido el camino recorrido hasta alcanzar la atalaya. Sebastiana Perera, Chana para todos, se asomó al mundo en el año 1939 y lo hizo por Mozaga, un pago en el corazón de Lanzarote donde sus padres, agricultores, eran de aquellos que se pasaban la vida temiendo que vientos, sirocos y sequías malograran las papas, cebollas y lentejas que debían ser la base del sustento familiar para que no faltaran plato, camisa y pantalón. Nada sencillo en el polvoriento y duro Lanzarote de los años cuarenta, donde las espinosas aulagas eran el mejor resumen de la vida. Estaba además dotado el matrimonio de oídos para escuchar y de entendederas para saber distinguir los buenos consejos de los malos. Fue una maestra quien les animó a encauzar a las dos hermanas mayores por la senda del estudio. Fue quizás la primera vez que Chana no se limitó a quedarse donde estaba. Vinieron entonces años de cubrir a pie la distancia entre Mozaga y la capital, la marinera Arrecife, de estudiar de noche bajo la frágil luz de la mecha de petróleo, de aprovechar los paréntesis para dar apoyo a los buenos padres bajo el ardiente sol y sobre el negro picón, de las clases particulares para reunir dinero y completar los estudios en Las Palmas de Gran Canaria, de soñar con el futuro que, bien lo sabía Chana, debía estar allí, justo delante de ella. El Carrizal de Tejeda, a tres horas de caminata de la cabecera de municipio, se convirtió en el primer destino oficial de Chana como maestra. Tenía 22 años y los sesenta aún parecían lejos de la cumbre grancanaria. “Yo aprendí a ser maestra allí”.De algún modo, aquel paisaje de vereas sinuosas, profundos barrancos, almendros y naranjales, todo tan exuberantemente distinto a las sedientas tierras conejeras, cincelaron su carácter y sentaron las bases de lo que sería su carrera profesional, volcada en establecer lazos entre la escuela y su entorno. “La comunidad educativa también son los padres y los vecinos”, subraya. Chana en Carrizal era la profesora, la vecina, la amiga y el sudor y las lágrimas cuando tocaba, que no eran pocas las veces. “Era maestra las 24 horas del día. Cuando terminaba las clases me iba con la gente a coger papas o a hacer quesos. La mujer era la más que trabajaba. Yo les hacía unos guantes de tela como los de Lanzarote para protegerles las manos. La integración con el pueblo fue total”, recuerda. A Chana no le amilanaron las distancias y su colegio estaba presente en los actos de interés educativo o social que se celebraban en Tejeda. En aquellos tiempos también rezó junto a las gentes en la ermita de San José para que las lluvias amainasen. Vivió la rotura de una presa, comprendió por qué los lugareños lloraban cuando se enriscaba una vaca… Y dejó una profunda huella. “Hace dos años”, relata, “me hicieron un homenaje y se me acercó una niña de ocho años y me dijo que yo le había dado clase a su abuela, que se llamaba Manolita”. Ella recordaba a Manolita y todos recuerdan a Chana. Los de su edad incluso se ríen todavía cuando rememoran aquella vez que el cura, que venía a caballo, casi se mata porque el animal se encabritó con el sonido de la campana con la que llamaba a clase. Una estela de décadas haciendo “personitas”, como ella dice, persigue a Chana. Algunos han seguido sus pasos y ocupan plaza de profesores en la actualidad. Los hay incluso que utilizan con sus alumnos los mismos trucos que ella. De vuelta al rofe, las llanuras y la claridad cegadora de Lanzarote, paseó su gran talla de maestra por Haría y Tinajo antes de recalar en Mala, donde permanece desde hace veinte años y lugar en el que ha extendido profundas raíces. Su afán por el servicio público le abrió las puertas de la política. Llegó a ser teniente de alcalde en Haría, consejera del Cabildo de Lanzarote durante dos mandatos y presidenta de la corporación insular entre 1993 y 1994. Otra muestra de que Chana nació para despuntar. Los alrededores de Mala y Guatiza son un manto de tuneras donde se cultiva la cochinilla, el insecto cuyo tinte creó fortunas y dio trabajo a muchas personas en Lanzarote. Este sector, ahora agonizante, es el eje del actual papel de emprendedora de Chana. Esta parte de la historia echó a andar hace cuatro años en el transcurso de una reunión con el coordinador del Proyecto Atlántida, Florencio Luengo. “¿Y no puedo yo presentar un proyecto de zona?”. “Sí”, le respondieron. Para qué fue aquello… En el siguiente encuentro se presentó con un listado de diez propuestas para intervenir en Mala, con la recuperación del cultivo de la cochinilla a la cabeza. Con el respaldo de este programa y el empuje de la directora del colegio, la cochinilla se convirtió en protagonista de actividades y en puente para el conocimiento del lenguaje, las matemáticas, el conocimiento del medio o la plástica. “Pero ahí no me podía quedar…”. A partir de ese instante, la iniciativa, nacida y desarrollada dentro de los muros de un colegio, se abre definitivamente hacia el exterior. “Hicimos una huerta en la escuela, los agricultores empezaron a plantar las tuneras y a enseñar a los alumnos como se hacía, que ya han dado tunos y alguna cochinilla, las madres hicieron los saquitos para sembrarla e hicimos las herramientas”, explica Chana, siempre con un duende inconformista acomodado en sus hombros: “Pero yo me dije: no me puedo quedar aquí”. El siguiente hito consistía en transformar la cochinilla para conseguir el carmín. A remover Roma con Santiago otra vez: “Hay muy pocos expertos en el mundo. Me puse en contacto con el Cabildo de Tenerife y me recomendaron un mejicano, pero nos cobraba una barbaridad. Casualmente llegó a Mala un farmacéutico industrial y empezó a investigar sobre la cochinilla. Conseguí su teléfono y le llamé”. Aquel hombre es César Corpa Rodríguez y aquel telefonazo dio pie a una colaboración que ya ha dado como fruto tres seminarios con el cuarto en vías. En el plano puramente escolar, los niños son titulares de la cooperativa Carmilan, factoría de pulseras, grabados y otras pequeñas joyas con el tinte del insecto. Su trabajo ha sido expuesto en varios puntos de la Península y de las Islas. Los mayores han puesto en marcha la Asociación Milana, que busca, según indica Chana, “el valor añadido y crear puestos de trabajo”. Uno de sus últimos trabajos ha sido una remesa de tarjetas de boda. Hace nueve años que se no vende la cochinilla y el desánimo ha crecido al mismo tiempo que menguaban las tuneras, pero un proyecto escolar ha ampliado los horizontes y las expectativas en Guatiza y Mala. Y todo por cinco palabras: “No me puedo quedar aquí”. |
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